Atmósferas, Peter Zumthor

Cita textual del libro Atmósferas del arquitecto Peter Zumthor para explicar entornos arquitectónicos.
Un buen lugar para vivir y una discreta protección. El concepto para designarlo es el de 'atmósfera'. La atmósfera habla a una sensibilidad emocional, una percepción que funciona a una increíble velocidad y que los seres humanos tenemos para sobrevivir. Hay algo dentro de nosotros que nos dice enseguida un montón de cosas; un entendimiento inmediato, un contacto inmediato, un rechazo inmediato.
Llevar a cabo esta tarea de crear atmósferas arquitectónicas también tiene un lado artesanal. En mi trabajo tiene que haber un procedimiento, unos intereses, unos instrumentos, unas herramientas. Me observo ahora a mí mismo y os cuento en nueve minicapítulos lo que me he encontrado en el camino, lo que me lleva en una dirección cuando intento generar esa atmósfera en mis obras. Estas respuestas son sumamente personales; no tengo otras. Son altamente sensibles e individuales; de hecho, probablemente sean producto de sensibilidades propias, personales, que me llevan a hacer las cosas de una determinada manera.
El cuerpo de la arquitectura.
La presencia material de las cosas propias de una obra de arquitectura, de la estructura. En ellas encuentro el primer y más grande secreto de la arquitectura: reunir cosas y materiales del mundo para que, unidos, creen este espacio. Como nuestro cuerpo, con su anatomía y otras cosas que no se ven, una piel, etc., así entiendo yo la arquitectura y así intento pensar en ella; como masa corpórea, como membrana, como material, como recubrimiento, tela, terciopelo, seda…, todo lo que me rodea, ¡el cuerpo! No la idea de cuerpo, ¡sino el cuerpo! Un cuerpo que me puede tocar.
La consonancia de los materiales.
Los materiales concuerdan armoniosamente entre sí y producen brillo, y de esta composición surge algo único. Los materiales no tienen límites. Un mismo material tiene miles de posibilidades. Me gusta este trabajo y cuanto más tiempo lo llevo haciendo, tanto mayor misterio parece cobrar. Pero esto no es todo, hay otra cosa, una cercanía crítica entre los materiales que depende del tipo de material y de su peso. Se pueden combinar materiales en un edificio, y llega un punto en el que se distancian demasiado unos de otros, no vibran conjuntamente, y, más tarde, otro punto donde están demasiado próximos, y luego están como muertos.
El sonido del espacio.
Todo espacio funciona como un gran instrumento; mezcla los sonidos, los amplifica, los transmite a todas partes. Tiene que ver con la forma y con la superficie de los materiales que contiene y con cómo éstos se han aplicado. Por desgracia, hoy en día mucha gente no percibe el sonido del espacio en absoluto. Sí, el sonido del espacio; personalmente, lo primero que me viene a la mente son los ruidos, los ruidos de mi madre trajinando en la cocina con los cacharros cuando yo era un niño. Me hacían feliz. Pero también se oyen los pasos en el gran vestíbulo de una estación de tren, los ruidos de la ciudad, etc. Imaginemos que eliminamos todos los ruidos ajenos al edificio, que no queda nada que lo toque. Entonces, podemos plantearnos: ¿sigue teniendo el edificio un sonido? Yo creo que todo edificio emite un sonido, que no está causado por la fricción. No sé lo que es. Encuentro hermoso construir un edificio e imaginarlo en su silencio. Esto es, hacer del edificio un lugar sosegado, algo bastante difícil de lograr hoy en día, que nuestro mundo es tan ruidoso. Cuesta mucho conseguir que los espacios cobren sosiego y desde el silencio, imaginarse cómo sonará el espacio con proporciones y materiales adecuados.
La temperatura del espacio.
Creo que todo edificio tiene una determinada temperatura. Uno sabe muy bien que los materiales extraen más o menos calor de nuestro cuerpo. Por ejemplo, el acero es frío y reduce el calor, y cosas así. Quizás sea un poco como ‘temperar’ pianos —es decir, buscar la afinación adecuada—, tanto en un sentido propio como figurado. Esto es, esta temperatura es tanto física como psíquica. Es lo que veo, siento, toco, incluso con los pies.
Las cosas a mi alrededor.
Cada vez que entro en edificios, en espacios donde vive gente –amigos, conocidos o gente que no conozco-, me siento impresionado por las cosas que la gente tiene consigo, en su entorno doméstico o laboral. Y, a veces constato que las cosas coexisten de un modo cariñoso y cuidadoso, y que quedan bien allí. Me pregunto si es tarea de la arquitectura crear un recipiente que contuviera todas aquellas cosas, o para acoger el mundo del trabajo, o lo que sea; en definitiva, todo aquello que le permita a uno tener consigo esas cosas. Esa idea de que cosas que nada tienen que ver conmigo como arquitecto tengan su lugar en un edificio, su lugar justo, me ofrece una visión del futuro de mis edificios, un futuro que ocurre sin mi intervención. Esto me ayuda a imaginarme el futuro de los espacios, de las casas que construyo.
Entre el sosiego y la seducción.
Sin duda, la arquitectura es un arte espacial, pero también un arte temporal. No se la experimenta en sólo un segundo. Cuando recapacito sobre cómo nos movemos en un edificio, no pierdo de vista esos dos polos de tensión con los que me gusta trabajar. Para mí es increíblemente importante inducir a la gente a moverse libremente, a su aire, en una atmósfera de seducción y no de conducción. Los pasillos conducen a la gente, pero también pueden seducirla dejándola libre, permitiéndole pasear pausadamente. En ocasiones, lograrlo tiene un poco que ver con la escenografía. Tengo que decir que ese es uno de mis mayores placeres: no ser conducido, sino poder pasear con toda libertad, a la deriva. Como en un viaje de descubrimientos. Como arquitecto, tengo que asegurarme de que eso no se convierta, acaso sin quererlo, en un verdadero laberinto. Conducir, inducir, dejar suelto, dar libertad. Crear lugares donde no haya nada que sirva de reclamo, donde se pueda simplemente estar.
La tensión entre interior y exterior.
Encuentro increíble que con la arquitectura arranquemos un trozo de globo terráqueo y construyamos con él una pequeña caja. De repente nos encontramos con un dentro y un afuera. Eso significa: umbrales, tránsitos, aquel pequeño escondrijo, espacios imperceptibles de transición entre interior y exterior, una inefable sensación del lugar, un sentimiento indecible que propicia la concentración al sentirnos envueltos de repente, congregados y sostenidos por el espacio. Y entonces tiene lugar allí un juego entre lo individual y lo público. Me enorgullece que a nosotros los arquitectos se nos permita hacer cosas parecidas en cada edificio. Y siempre me lo imagino así en cada edificio que hago. ¿Qué quiero ver yo cuando estoy dentro? ¿Qué quiero que vean los otros de mí? ¿Y qué referencia muestro con mi edificio al exponerlo al público? Los edificios siempre comunican algo a la calle o a la plaza. Pueden decir a la plaza: me alegra estar en esta plaza. O bien pueden decir: soy el edificio más bello; todos vosotros sois realmente malos. Soy como una diva. Todo eso pueden decir los edificios.
Grados de intimidad.
Tiene que ver con la proximidad y la distancia. El arquitecto clásico lo llamaría ‘escala’, pero suena demasiado académico. Yo me refiero a algo más corporal que la escala y las dimensiones. Concierne a distintos aspectos: tamaño, dimensión, proporción, masa de construcción en relación conmigo. ¿Conocéis esa puerta angosta y alta, ésa por la que la gente al pasar parece que cobra buena presencia? ¿La puerta –algo aburrida- ancha y un poco amorfa? ¿Conocéis esos grandes portales intimidatorios, esos que confieren al encargado de abrirlos un aspecto imponente u orgulloso? A lo que me refiero es al tamaño, la masa y el peso de las cosas. Es interesante que las cosas que son más grandes que yo puedan apabullarme. Pero la villa Rotonda de Palladio, por ejemplo, es algo grande y monumental, y sin embargo, al entrar no me siento en absoluto intimidado, sino, más bien, me siento cercano a lo sublime. El entorno no me amedrenta sino que, de algún modo, me hace más grande o me deja respirar con mayor libertad. Ahí se dan sorprendentemente ambas cosas. Además, se debe tener en cuenta esa distancia o cercanía entre yo y lo construido. Siempre me gusta pensar que hago algo para mí o para otra persona, para mí solo y para mí en un grupo.
La luz sobre las cosas.
Estuve mirando durante cinco minutos qué pasaba con la sala de estar de mi casa. ¿Cómo era la luz? Me puse a examinar dónde y cómo daba la luz de lleno, dónde había sombras y cómo las superficies estaban apagadas, radiantes o emergían de la profundidad. ¡Es fantástico! Una de mis ideas preferidas es primero pensar el conjunto del edificio como una masa de sombras, para, a continuación –como en un proceso de vaciado-, hacer reservas para la instalación que permita las luces que queremos. Mi segunda idea favorita consiste en poner los materiales y las superficies bajo el efecto de la luz, para ver cómo reflejan. ¡Es tan hermoso poder elegir y combinar materiales, telas, vestidos que luzcan a la luz! En lo que se refiere a la luz, natural y artificial, debo confesar que la natural, la luz sobre las cosas, me emociona a veces de tal manera que hasta creo percibir algo espiritual. Cuando el sol sale por la mañana, y vuelve a iluminar las cosas, me digo: ¡esa luz, esa luz no viene de este mundo! No entiendo esa luz. Tengo entonces la sensación de que hay algo más grande que no entiendo. Siento un gozo inmenso y estoy infinitamente agradecido de que haya algo así. Para un arquitecto, tener esa luz es mil veces mejor que tener luz artificial.
En resumen, el mayor cumplido que se me puede hacer es que todo encuentre su explicación en el uso. Éste sería para mí el más bello cumplido. Creo que una expresión antigua aún más hermosa para referirse a sea que las cosas llegan entonces a ser ellas mismas; son por ellas, mismas, porque entonces son lo que quieren ser. La arquitectura se ha hecho para nuestro uso. En ese sentido, no es un arte libre. Creo que la tarea más noble de la arquitectura es justamente ser un arte útil. Pero lo más hermoso es que las cosas hayan llegado a ser ellas mismas, a ser coherentes por sí mismas. Entonces todo hace referencia a ese todo y no se puede escindir el lugar, el uso y la forma.
Pero todavía falta algo. En los nueve puntos y dos apéndices he evitado hablar sobre la forma. No trabajamos con la forma, trabajamos con el resto de cosas, el sonido, los ruidos, los materiales, la construcción, la anatomía, etc. Con un ojo puesto simultáneamente en el lugar y el uso. Puede ocurrir que haya en ello una coherencia, que muchas cosas concuerden; me quedo mirando y me digo: sí, todo cuadra, ¡pero no es bello! Creo que si el trabajo ha salido bien, las cosas toman forma ante la que yo mismo, después de tan largo trabajo, me quedo sorprendido. Entonces experimento una gran alegría y también me hace sentir orgulloso. Pero sí, al final, aquello no me parece hermoso, esto es, no es bello para mí, si la forma lograda no me conmueve, vuelvo de nuevo atrás y empiezo desde el principio. Esto significa que el último capítulo, o mi objetivo último, podría designarse probablemente como la forma bella. Quizás la encuentre de nuevo en los iconos, a veces la encuentro en una naturaleza muerta, y todo ello me ayuda a ver cómo algo ha encontrado su forma, pero también que puedo encontrarla en utensilios de la vida cotidiana, en la literatura o en piezas de música [...].
Cita textual del libro Atmósferas del arquitecto Peter Zumthor para explicar entornos arquitectónicos.

Un buen lugar para vivir y una discreta protección. El concepto para designarlo es el de 'atmósfera'. La atmósfera habla a una sensibilidad emocional, una percepción que funciona a una increíble velocidad y que los seres humanos tenemos para sobrevivir. Hay algo dentro de nosotros que nos dice enseguida un montón de cosas; un entendimiento inmediato, un contacto inmediato, un rechazo inmediato.
Llevar a cabo esta tarea de crear atmósferas arquitectónicas también tiene un lado artesanal. En mi trabajo tiene que haber un procedimiento, unos intereses, unos instrumentos, unas herramientas. Me observo ahora a mí mismo y os cuento en nueve minicapítulos lo que me he encontrado en el camino, lo que me lleva en una dirección cuando intento generar esa atmósfera en mis obras. Estas respuestas son sumamente personales; no tengo otras. Son altamente sensibles e individuales; de hecho, probablemente sean producto de sensibilidades propias, personales, que me llevan a hacer las cosas de una determinada manera.
El cuerpo de la arquitectura.
La presencia material de las cosas propias de una obra de arquitectura, de la estructura. En ellas encuentro el primer y más grande secreto de la arquitectura: reunir cosas y materiales del mundo para que, unidos, creen este espacio. Como nuestro cuerpo, con su anatomía y otras cosas que no se ven, una piel, etc., así entiendo yo la arquitectura y así intento pensar en ella; como masa corpórea, como membrana, como material, como recubrimiento, tela, terciopelo, seda…, todo lo que me rodea, ¡el cuerpo! No la idea de cuerpo, ¡sino el cuerpo! Un cuerpo que me puede tocar.
La consonancia de los materiales.
Los materiales concuerdan armoniosamente entre sí y producen brillo, y de esta composición surge algo único. Los materiales no tienen límites. Un mismo material tiene miles de posibilidades. Me gusta este trabajo y cuanto más tiempo lo llevo haciendo, tanto mayor misterio parece cobrar. Pero esto no es todo, hay otra cosa, una cercanía crítica entre los materiales que depende del tipo de material y de su peso. Se pueden combinar materiales en un edificio, y llega un punto en el que se distancian demasiado unos de otros, no vibran conjuntamente, y, más tarde, otro punto donde están demasiado próximos, y luego están como muertos.
El sonido del espacio.
Todo espacio funciona como un gran instrumento; mezcla los sonidos, los amplifica, los transmite a todas partes. Tiene que ver con la forma y con la superficie de los materiales que contiene y con cómo éstos se han aplicado. Por desgracia, hoy en día mucha gente no percibe el sonido del espacio en absoluto. Sí, el sonido del espacio; personalmente, lo primero que me viene a la mente son los ruidos, los ruidos de mi madre trajinando en la cocina con los cacharros cuando yo era un niño. Me hacían feliz. Pero también se oyen los pasos en el gran vestíbulo de una estación de tren, los ruidos de la ciudad, etc. Imaginemos que eliminamos todos los ruidos ajenos al edificio, que no queda nada que lo toque. Entonces, podemos plantearnos: ¿sigue teniendo el edificio un sonido? Yo creo que todo edificio emite un sonido, que no está causado por la fricción. No sé lo que es. Encuentro hermoso construir un edificio e imaginarlo en su silencio. Esto es, hacer del edificio un lugar sosegado, algo bastante difícil de lograr hoy en día, que nuestro mundo es tan ruidoso. Cuesta mucho conseguir que los espacios cobren sosiego y desde el silencio, imaginarse cómo sonará el espacio con proporciones y materiales adecuados.
La temperatura del espacio.
Creo que todo edificio tiene una determinada temperatura. Uno sabe muy bien que los materiales extraen más o menos calor de nuestro cuerpo. Por ejemplo, el acero es frío y reduce el calor, y cosas así. Quizás sea un poco como ‘temperar’ pianos —es decir, buscar la afinación adecuada—, tanto en un sentido propio como figurado. Esto es, esta temperatura es tanto física como psíquica. Es lo que veo, siento, toco, incluso con los pies.
Las cosas a mi alrededor.
Cada vez que entro en edificios, en espacios donde vive gente –amigos, conocidos o gente que no conozco-, me siento impresionado por las cosas que la gente tiene consigo, en su entorno doméstico o laboral. Y, a veces constato que las cosas coexisten de un modo cariñoso y cuidadoso, y que quedan bien allí. Me pregunto si es tarea de la arquitectura crear un recipiente que contuviera todas aquellas cosas, o para acoger el mundo del trabajo, o lo que sea; en definitiva, todo aquello que le permita a uno tener consigo esas cosas. Esa idea de que cosas que nada tienen que ver conmigo como arquitecto tengan su lugar en un edificio, su lugar justo, me ofrece una visión del futuro de mis edificios, un futuro que ocurre sin mi intervención. Esto me ayuda a imaginarme el futuro de los espacios, de las casas que construyo.
Entre el sosiego y la seducción.
Sin duda, la arquitectura es un arte espacial, pero también un arte temporal. No se la experimenta en sólo un segundo. Cuando recapacito sobre cómo nos movemos en un edificio, no pierdo de vista esos dos polos de tensión con los que me gusta trabajar. Para mí es increíblemente importante inducir a la gente a moverse libremente, a su aire, en una atmósfera de seducción y no de conducción. Los pasillos conducen a la gente, pero también pueden seducirla dejándola libre, permitiéndole pasear pausadamente. En ocasiones, lograrlo tiene un poco que ver con la escenografía. Tengo que decir que ese es uno de mis mayores placeres: no ser conducido, sino poder pasear con toda libertad, a la deriva. Como en un viaje de descubrimientos. Como arquitecto, tengo que asegurarme de que eso no se convierta, acaso sin quererlo, en un verdadero laberinto. Conducir, inducir, dejar suelto, dar libertad. Crear lugares donde no haya nada que sirva de reclamo, donde se pueda simplemente estar.
La tensión entre interior y exterior.
Encuentro increíble que con la arquitectura arranquemos un trozo de globo terráqueo y construyamos con él una pequeña caja. De repente nos encontramos con un dentro y un afuera. Eso significa: umbrales, tránsitos, aquel pequeño escondrijo, espacios imperceptibles de transición entre interior y exterior, una inefable sensación del lugar, un sentimiento indecible que propicia la concentración al sentirnos envueltos de repente, congregados y sostenidos por el espacio. Y entonces tiene lugar allí un juego entre lo individual y lo público. Me enorgullece que a nosotros los arquitectos se nos permita hacer cosas parecidas en cada edificio. Y siempre me lo imagino así en cada edificio que hago. ¿Qué quiero ver yo cuando estoy dentro? ¿Qué quiero que vean los otros de mí? ¿Y qué referencia muestro con mi edificio al exponerlo al público? Los edificios siempre comunican algo a la calle o a la plaza. Pueden decir a la plaza: me alegra estar en esta plaza. O bien pueden decir: soy el edificio más bello; todos vosotros sois realmente malos. Soy como una diva. Todo eso pueden decir los edificios.
Grados de intimidad.
Tiene que ver con la proximidad y la distancia. El arquitecto clásico lo llamaría ‘escala’, pero suena demasiado académico. Yo me refiero a algo más corporal que la escala y las dimensiones. Concierne a distintos aspectos: tamaño, dimensión, proporción, masa de construcción en relación conmigo. ¿Conocéis esa puerta angosta y alta, ésa por la que la gente al pasar parece que cobra buena presencia? ¿La puerta –algo aburrida- ancha y un poco amorfa? ¿Conocéis esos grandes portales intimidatorios, esos que confieren al encargado de abrirlos un aspecto imponente u orgulloso? A lo que me refiero es al tamaño, la masa y el peso de las cosas. Es interesante que las cosas que son más grandes que yo puedan apabullarme. Pero la villa Rotonda de Palladio, por ejemplo, es algo grande y monumental, y sin embargo, al entrar no me siento en absoluto intimidado, sino, más bien, me siento cercano a lo sublime. El entorno no me amedrenta sino que, de algún modo, me hace más grande o me deja respirar con mayor libertad. Ahí se dan sorprendentemente ambas cosas. Además, se debe tener en cuenta esa distancia o cercanía entre yo y lo construido. Siempre me gusta pensar que hago algo para mí o para otra persona, para mí solo y para mí en un grupo.
La luz sobre las cosas.
Estuve mirando durante cinco minutos qué pasaba con la sala de estar de mi casa. ¿Cómo era la luz? Me puse a examinar dónde y cómo daba la luz de lleno, dónde había sombras y cómo las superficies estaban apagadas, radiantes o emergían de la profundidad. ¡Es fantástico! Una de mis ideas preferidas es primero pensar el conjunto del edificio como una masa de sombras, para, a continuación –como en un proceso de vaciado-, hacer reservas para la instalación que permita las luces que queremos. Mi segunda idea favorita consiste en poner los materiales y las superficies bajo el efecto de la luz, para ver cómo reflejan. ¡Es tan hermoso poder elegir y combinar materiales, telas, vestidos que luzcan a la luz! En lo que se refiere a la luz, natural y artificial, debo confesar que la natural, la luz sobre las cosas, me emociona a veces de tal manera que hasta creo percibir algo espiritual. Cuando el sol sale por la mañana, y vuelve a iluminar las cosas, me digo: ¡esa luz, esa luz no viene de este mundo! No entiendo esa luz. Tengo entonces la sensación de que hay algo más grande que no entiendo. Siento un gozo inmenso y estoy infinitamente agradecido de que haya algo así. Para un arquitecto, tener esa luz es mil veces mejor que tener luz artificial.
En resumen, el mayor cumplido que se me puede hacer es que todo encuentre su explicación en el uso. Éste sería para mí el más bello cumplido. Creo que una expresión antigua aún más hermosa para referirse a sea que las cosas llegan entonces a ser ellas mismas; son por ellas, mismas, porque entonces son lo que quieren ser. La arquitectura se ha hecho para nuestro uso. En ese sentido, no es un arte libre. Creo que la tarea más noble de la arquitectura es justamente ser un arte útil. Pero lo más hermoso es que las cosas hayan llegado a ser ellas mismas, a ser coherentes por sí mismas. Entonces todo hace referencia a ese todo y no se puede escindir el lugar, el uso y la forma.
Pero todavía falta algo. En los nueve puntos y dos apéndices he evitado hablar sobre la forma. No trabajamos con la forma, trabajamos con el resto de cosas, el sonido, los ruidos, los materiales, la construcción, la anatomía, etc. Con un ojo puesto simultáneamente en el lugar y el uso. Puede ocurrir que haya en ello una coherencia, que muchas cosas concuerden; me quedo mirando y me digo: sí, todo cuadra, ¡pero no es bello! Creo que si el trabajo ha salido bien, las cosas toman forma ante la que yo mismo, después de tan largo trabajo, me quedo sorprendido. Entonces experimento una gran alegría y también me hace sentir orgulloso. Pero sí, al final, aquello no me parece hermoso, esto es, no es bello para mí, si la forma lograda no me conmueve, vuelvo de nuevo atrás y empiezo desde el principio. Esto significa que el último capítulo, o mi objetivo último, podría designarse probablemente como la forma bella. Quizás la encuentre de nuevo en los iconos, a veces la encuentro en una naturaleza muerta, y todo ello me ayuda a ver cómo algo ha encontrado su forma, pero también que puedo encontrarla en utensilios de la vida cotidiana, en la literatura o en piezas de música [...].
